Cómo actuar con un "niño malo"

Estos son los motivos por los que surgen los “niños malos” y algunos consejos para redirigir sus actitudes más disruptivas

Cómo actuar con un niño malo: te ofrecemos algunos consejos para manejar la situación | Getty Images
 

Es muy habitual que padres, madres e incluso educadores, se refieran a los niños que tienen un mal comportamiento como “niños malos”, pero la realidad es que los niños no son malos: en la gran mayoría de casos tienen una falta de límites o están demandando atención.

Pero ¿qué podemos hacer nosotros como adultos para reconducir estos malos comportamientos? En este artículo explicaremos los motivos por los que surgen los “niños malos”, cómo podemos entenderlos y también algunos consejos para redirigir aquellas actitudes más disruptivas.

¿Por qué los niños se portan mal?

La razón más habitual por la que un niño pasa a ser un “niño malo” es que buscan llamar la atención de los adultos. También hay que ser consciente que son normales las actitudes desafiantes y agresivas en la edad infantil, ya que se encuentran en un momento de exploración del entorno y tanteo de los límites. Somos los adultos los encargados de poner estos límites, y la manera cómo los pongamos influirá mucho en cómo el niño los incorporará (o no).

Los niños viven sus experiencias desde un punto de vista muy egocéntrico, con lo que la gran mayoría de veces no son conscientes de que sus acciones no son adecuadas hasta que ven las consecuencias y las respuestas de los adultos. Actúan en base a sus impulsos y sus ganas de jugar, explorar el mundo y divertirse, sin ser conscientes de lo que es correcto o no dentro de las normas sociales establecidas. Es nuestro rol como adultos lo que irá dando forma a todas esas normas.

Cómo entender a los “niños malos”

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El primer paso para entender a un niño con un mal comportamiento es deshacernos de la etiqueta de “niño malo” y separar el niño de su conducta. De este modo podemos intentar identificar lo que está causando esa mala conducta en vez de asociarlo al niño o la niña como una característica interna de él o ella. La verdad es que todo lo “malo” asusta bastante a los niños: malo es el lobo feroz, el ogro que asusta a los niños o el villano de la película, pero no consideran algo malo correr en la calle, escalar un árbol o llorar porque quiere un helado.

Hay multitud de razones por las que los pequeños pueden portarse mal: el nacimiento de un hermanito o una hermanita, sueño, hambre, cansancio, aburrimiento, falta de atención, alguna alergia o enfermedad todavía no detectada, falta de límites… Podemos intentar preguntarle a él o ella qué es lo que le ocurre para que esté portándose mal, pero es posible que no lo sepan o no lo sepan verbalizar; en la mayoría de los casos nos veremos en la necesidad de averiguarlo nosotros mismos para reconducir la situación.

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6 consejos para reconducir los malos comportamientos

Aunque establezcamos que los niños no se portan mal por ser “malos” y que es normal que tanteen los límites, también es normal que nos sintamos frustrados y nos cueste saber cómo encarar esta situación para disminuir las actitudes disruptivas. Aquí van algunos consejos que os pueden ayudar en vuestra tarea como padres:

1. Entender las necesidades del niño o la niña, y ser conscientes de las nuestras propias

Los niños necesitan moverse, explorar, correr, gritar, jugar… pero eso choca con nuestras necesidades como adultos de orden, paz y descanso. Así que cuando se da un comportamiento que nosotros podemos considerar como malo, lo mejor es pensar qué puede estar causándolo, siempre presuponiendo buenas intenciones en el niño o la niña. ¿Necesitará afecto? ¿O estarán aburridos? A lo mejor tienen hambre  o están cansados. O no tienen herramientas suficientes para defenderse o expresarse.

Otras veces podemos hacer el ejercicio de pensar si realmente lo que está haciendo el pequeño es realmente tan molesto. A lo mejor somos nosotros los que estamos de mal humor porque estamos cansados o tenemos hambre o hemos tenido un mal día. Mejor no pagarlo con ellos.

2. Cuidar las palabras

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Tal y como hemos dicho con anterioridad, es mejor no caer en el error de asociar el niño con su comportamiento. Si decimos a un niño que es malo, puede acabar creyéndoselo. En edades muy tempranas dependen casi exclusivamente de nosotros para formarse su autoimagen, con lo que las palabras pueden ser muy dañinas para su futura autoestima.

También, al asociar el comportamiento a él, no le estaremos explicando las razones por las que ese comportamiento está mal. Por ejemplo, si un niño o una niña ha mordido a su hermano o hermana, en vez de decir que morder es de niños malos, podemos explicarle que morder no es la manera de conseguir las cosas, y les ofrecemos una alternativa a cambio.

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3. Ser consistentes

Uno de los errores más habituales en los que caemos los adultos, ya sea por cansancio o por sentimiento de culpabilidad, es establecer un límite con nuestros pequeños y luego romperlo. Por ejemplo, si establecemos que la hora de ir a la cama son las ocho, hay que intentar mantener esa norma siempre que sea posible. Si el niño llora porque está viendo una película y quiere terminarla, y nosotros cedemos y acaba yéndose a dormir a las nueve de la noche, es muy posible que esa situación se vuelva a repetir cada vez que no quiera hacer algo.

Puede ser que algún día se dé una excepción, por ejemplo porque habéis salido a cenar todos fuera y llegáis más tarde a casa o porque tenéis invitados. En cualquier caso es importante hacerle saber a los pequeños que se trata de excepciones y explicarles por qué es una excepción.

4. Hacer anticipaciones

Puede ser que el niño o la niña se ponga a llorar cuando le interrumpes el juego para ir a la ducha. Esto puede darse porque están muy concentrados y no quieran dejar el juego. Una manera de anticiparse a este tipo de comportamientos, es ir avisándole de que se va a terminar su actividad para hacer otra. Podemos acercarnos a ellos y  comunicarles que en 10 minutos iremos a ducharnos, y al cabo de 5 minutos volver a repetirles lo mismo avisándoles de que quedan 5 minutos. Por último, les podemos avisar una última vez de que queda un minuto más de juego antes de ir a la ducha.

5. Ser creativo o creativa

En algunas ocasiones nos encontraremos situaciones en las que el niño está haciendo algo que, aunque no es malo de per se, es inadecuado al momento o no encaja en las normas de convivencia. Un ejemplo podría ser un niño o una niña dibujando en la pared. Dibujar en sí no es algo malo, y el niño o la niña no sabe que socialmente está establecido que no podemos pintar en las paredes. Tampoco supone un drama para nosotros, aunque sí es una molestia tener que limpiarlo o volver a pintar la pared. Lo mejor es no perder la calma e intentar redirigir la actividad hacia algo más adecuado. Por ejemplo podemos acompañarlo a la mesa y darle papel y lápices y pintar con ellos, para que vean que lo adecuado es pintar en el papel.

Otro ejemplo podría ser un niño o una niña tocando el tambor mientras hablamos por teléfono. Seguramente si le pedimos que pare, no lo vamos a conseguir, así que es mejor ofrecerles otro instrumento menos ruidoso o acompañarles a otra estancia en la que seguir con su concierto mientras terminamos la llamada.

6. Entender que la situación se va a repetir muchas veces

Difícilmente los niños van a interiorizar una norma a la primera, seguramente van a intentar romperla varias veces para ver dónde está el límite real. Lo mejor es armarnos de paciencia y que no nos importe repetir 50 o 100 veces lo mismo. Si somos consistentes, acabarán aprendiéndolo.

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Cualquier situación conflictiva con un niño se puede redirigir, a priori. Los niños de base no son malos, pero sí tienen una serie de necesidades que si no ven satisfechas pueden derivar a situaciones disruptivas. Lo principal es dar afecto a los pequeños y empatizar con ellos, intentando entender de dónde surgen sus comportamientos e intentar subsanarlos sin tener que etiquetarlos como “niños malos”.

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